Un acercamiento a la evaluación formativa

Las educadoras, trabajadoras sociales, catequistas, directivas y especialistas que constituimos el Grupo Colibrí, nos hemos reunido en noviembre y diciembre del 2024, en esta ocasión atraídos por un tema que siempre nos ha parecido importante, pero al que probablemente no hemos dedicado. el tiempo suficiente: la evaluación formativa.

Acertábamos al considerar que la evaluación formativa tiene qué ver, sobre todo, con el afán de saber cómo van nuestros estudiantes y comunidades, para entonces hacer los ajustes que como educadoras nos toca hacer. para optimizar su aprendizaje.

No obstante, descubrimos también en nosotros elementos un tanto alejados de lo que realmente es una evaluación formativa, zonas confusas, así como dificultades para ponerla en práctica en forma satisfactoria. Confundir la evaluación formativa con ejercicios de evaluación sumativa repetidos a lo largo del curso, cierta dificultad para diferenciar entre medios, técnicas e instrumentos de evaluación, o problemas para definir criterios e indicadores apropiados para cada caso, son algunas de las limitantes que logramos identificar. Pudimos percatarnos, asimismo, de que no hacíamos una diferencia entre evaluar resultados de aprendizaje y evaluar los impactos de los aprendizajes conquistados.

Hoy diríamos que la evaluación formativa no es una práctica aislada o puntual, sino más bien una herramienta didáctica integrada a los múltiples procesos  que tienen lugar en el aula para aprender y enseñar, práctica que nos permite promover y avanzar hacia la reflexión, a partir de una mejor comprensión de los avances y dificultades que enfrentan tanto los estudiantes (o sujetos de aprendizaje), como los propios docentes. 

Se trata de un proceso constante, permanente, que tendrá mejores oportunidades de ser útil en tanto que logre recoger evidencias tanto cualitativas como cuantitativas que permitan evaluar de la manera más objetiva posible.

Reflexionamos además acerca de los valores éticos que deben orientar la evaluación formativa. Coincidimos que debemos ser en todo momento respetuosos, equitativos, justos y también democráticos, en el sentido de que hemos de favorecer la participación, la reflexión y el aprendizaje tanto de los estudiantes, como de los docentes, directivos y padres de familia involucrados.

Otra de las características clave a tomar en cuenta en un proceso de evaluación formativa, especialmente en el momento de la retroalimentación, es el de crear una atmósfera propicia a la apertura, el diálogo y la reflexión, lo que necesariamente implica altos niveles de confianza entre todos los involucrados. Esta confianza incluye la posibilidad de poder nombrar no solo aquello que va bien, sino de manera asertiva, aquellas cosas que no están siendo adecuadas, para que realmente tenga los efectos transformadores que se esperan. Para que aporte información relevante y suficiente la evaluación debe referirse no solo a los conocimientos adquiridos, sino también a las habilidades, actitudes y valores en desarrollo.

Una distinción clave para comprender la evaluación es poder diferenciar entre medios de evaluación (la fuente de información, que puede ser por ejemplo oral o escrita), técnicas de evaluación (el procedimiento para producir o recoger los datos, como pueden serlo la observación, el análisis de los productos elaborados por los estudiantes), y los instrumentos de evaluación (las litas, escalas o rúbricas, etc) utilizados para poder ponderar el grado de avance.

Tomamos conciencia de la amplia variedad de técnicas para evaluar, y de lo poco familiarizados que estamos a menudo al respecto de algunas de ellas, especialmente las más útiles para ser utilizadas por los propios estudiantes (autoevaluación) y para la evaluación entre pares (coevaluación) . 

Finalmente, concluimos que las variables que  facilitan u obstaculizan las prácticas de evaluación formativa sistemáticas y adecuadas,  existen algunas de tipo remoto, como los rasgos personales, la experiencia escolar temprana o la formación inicial de las y los educadores; otras son más próximas, como los conocimientos que tienen sobre sí mismos, sobre sus programas, sobre la enseñanza, sobre la evaluación y sobre los estudiantes; y finalmente están aquellas que incidentes de manera más inmediata, como pueden ser las dinámicas más o menos complejas que tienen lugar entre los educadores, los estudiantes, los directivos y los padres de familia.

¡Un gran reto sin duda, pero un área de oportunidad verdaderamente esencial, si queremos transitar de un modelo de “aprender para evaluar”, a un modelo de “evaluar para aprender”!

Paloma Inés Pereda Alardín
María Luiza Zavala Alardín

Con la colaboración de :
Socorro Pérez Cosgaya
Alejandra Sánchez López
Verónica Manríquez Gutiérrez
Guadalupe de Rosario Roríguez Euan
Luis Felipe Ek Balán

Facilitador del grupo desde Proyecto R
Gonzalo Zavala Alardín

 

 

 





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